Hablar
de historia comúnmente se refiere a una descripción cronológica
de sucesos, personajes, hechos y experiencias que son relevantes bajo la perspectiva
de aquel que la describe y para la comunidad que la legitima. Un proceso donde
el comienzo puede estar en la voluntad de cualquiera de los actores que hacen
parte en su producción. Pero esa historia cargada de fechas y de rígida
continuidad responde a postulados positivistas decimonónicos que se
evidencian en las posteriores formas de hacer historia más allá
de en cual corriente teórica pueda inscribirse el escribano. Por eso
al hablar de la historia de Reacción Propia, ¿qué
tanta validez tiene el ordenar el desarrollo de nosotros como banda dentro
de una linealidad tradicional que hace de cada discurso histórico una
letárgica muestra escrita, aburrida y poco motivante?
Nuestra historia se haya atada a un espacio y a unas individualidades, que
a través de un proceso colectivo, y a su vez individual, da la posibilidad
de acercarse a consideraciones tradicionalmente alejadas de los espacios donde
nuestros cuerpos se desenvuelven. Los medios de expresión varían
requiriendo de instrumentos que permiten a un canal cultural entablar relaciones
comunicativas, haciendo de la expresión una herramienta de construcción.
Cada sujeto despliega lo que le es propio, pero esto constantemente varía.
Por eso hablamos dentro de Reacción Propia de procesos que
hablan históricamente de las variaciones individuales que se manifiestan
en esa colectividad creada en un principio como espacio de distracción
y fortalecimiento de amistades, pero que se modifica con el sentido que va
motivando las dinámicas cotidianas que condenan a los individuos sin
la posibilidad de juicio ni de defender sus intereses más intrínsecos.
De tal forma que las palabras más pronunciables son las menos comprendidas
y las que pierden declinadamente su valor. De allí que muchos vocablos
entren a revisiones, que muchos sonidos agradables dejen de serlo, que las
oraciones se vean como un eco impropio, que los bailes agoten a los cuerpos
sin dejar nada a cambio; una reevaluación de espacios propios y ajenos
que permiten recrear nuevas expectativas atadas al nuevo sentido vital que
como colectivo toma Reacción Propia.
Dejando de lado ideas desgastadas, entramos a escucharnos dentro de marcos
imperceptibles donde el mundo nos muestra una nueva imagen de sus (im)posibilidades.
Desatamos preguntas que hayan respuestas en un sonido, en nuestra forma de
visualizar los espacios y sus dinámicas mecanizadas, en las palabras
que se mezclan con ondas formalizadas, en las imágenes recreadas y
hasta en los cuerpos deshabitados de cualquier espíritu. También
las pausas hacen parte del proceso colectivo y el abandono hace parte de la
nostalgia de una memoria, pero no del llanto del presente. Como sujetos no
deseamos evidenciarnos estáticos y el sentirnos plenamente cómodos
puede que no haga parte de las proyecciones de vida, eso obliga, directamente,
a la movilidad en busca de respuestas negadas por aquel miedo a la pérdida
de la estabilidad.
Reacción Propia no es, ni se ve a sí misma, como un
espacio acabado y definido que termina con la culminación de actividades
musicales y de representación colectiva. Trasciende esos espacios y
definiciones para expresarse dentro de las realizaciones de sus variados actores,
que vale resaltar, no son los cuatros sujetos que conforman la banda. Es el
rechazo a la noción de grupo que se maneja comúnmente la que
nos imposibilita hablar de una historia descriptiva ordenada por un orden.
Preferimos reflexionar y ordenar nuestra propia historia más allá
de las reglas cientificistas que puedan existir. Reconocemos en esa retrospectiva
la relevancia que marcan sujetos que comparten o compartieron con nosotros
espacios comunes, las actividades que llevamos a cabo como proyectos de diversos
requerimientos, las diferencias que se acrecientan permitiéndonos como
colectivo definirnos y, por supuesto, las ideas que agotan su existencia.
Frente a una narración histórica en la que se repite una estructura
de escritura, ¿Para qué hablar de años cuando nuestras
vidas son mucho más que eso? ¿Para qué detenernos a describir
experiencias que no son propias de la vivencia individual ni colectiva? ¿Para
qué hablar de las realizaciones que toman como protagonistas un reducido
grupo de personas cuando no son la totalidad?¿Para qué atarnos
a definiciones de tiempo y a limitaciones de espacios?¿Por qué
escribir la misma historia cuando somos tan distintos como la historia misma?
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